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7/10 Vale la pena
Del Snyder cut al service cut. Pocas veces la vida da segundas oportunidades, y cuando las ofrece lo ya comprobado parece ser el camino, y la industria del entretenimiento lo sabe; sobre todo en esta era streaming en la que nuestros dispositivos arrojan una serie de datos sobre nuestros gustos y preferencias detalladas, por lo que no es de extrañar que un pieza fílmica comercial sepa a conciencia qué botones presionar y cada qué tiempo para liberar toda la dopamina que nos causa el placer (adicción) de disfrutar un película. La misma gata pero con otro director.
Si algo ha caracterizado el estilo de Zack Snyder es su uso, o abuso, de la cámara lenta (slow motion) para generar un impacto visual o emocional tal y como demostró en 300 (2006); o para hacer ‘visible’ aquello que el ojo humano es incapaz de percibir: los súper poderes estos dioses de la justicia. Snyder, cual Prometeo (con tragedia real de por medio) es capaz de captar con su lente y visión el fuego de esos dioses, acercándolo y deslumbrado nuestras vidas mortales, arrojando un poco de luz a esta gris e inmóvil cotidianidad pandémica, tan sedienta de la luminiscencia que al igual que los humanos primitivos, nos causa furor danzar alrededor de ese fuego, avivarlo, sentir su cercanía; aunque en el fondo sabemos que no nos pertenece, que no lo podemos tocar.

Así pues, como quien ha domesticado al fuego sabiendo lo atractivo que es por el hecho de parecer algo vivo, flamante, incendiario, Snyder echa mano de la estructura narrativa de capitulación no sólo para enmarcar y ampliar de forma temática las acciones de sus personajes, sino como una especie de guía y aliciente a un paseo de 4 horas casi didáctico, que sí, en efecto, dan un orden a la historia pero que también disimulan la a veces falta de ritmo por momentos sístole y en otros diástole de las escenas. Todo esto encapsulado en un relación de aspecto 4:3 que, según declaraciones del mismo Snyder, refieren al formato de cuadros de comic y de los superhéroes en TV que es como él los conoció, y que en esta era se calificaría como vintage, pero que no pasa de ser fuego vendido en una caja de fósforos a pirómanos del fan service.
Tal cual Prometeo, Snyder juega con luz ígnea en una narrativa politeísta donde cada dios ya contó su mito en su respectiva película, haciendo que la Liga de la Justicia Snyder Cut gane en épica, pero pierda en profundidad por la misma naturaleza del crossovers: héroes que son buenos y enaltecen valores edificantes sin mayor contrariedad y en prístinas corporeidades; y malos que son personificados con oscuridad y monstruosidad sin reparar en sus causas. Sólo Cyborg, quien se siente fragmentado, roto, logra medianamente desarrollar un arco dramático, echado en borda cuando ‘lidia’ con sus fantasmas, literal, hologramas de gente muerta (véase minuto 3:30:00). Aunado a un Steppenwolf que en vez de enterarnos de su ferviente servilismo ante Darkseid y quizá entender un poco más su lado oscuro, sólo es malo de inicio a fin donde sabemos y damos por hecho que más tarde que temprano, será vencido por los buenos. Pues como se recita en ciertas Escrituras Sagradas: “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y no hay nada nuevo bajo el sol”.